sábado, 16 de junio de 2012
El señorito
Dedicado a Conchi.
Tiempo ha que nuestro profesor no refiere sus andanzas por el mundo de la enseñanza. Variados hechos han acontecido desde la última vez que dejó constancia en este espacio, por lo que algunos de ellos serán narrados en próximos capítulos. Sin embargo, hoy expondrá un caso conocido: los jefes de estudios negligentes.
Marckopole se halla en un centro del sur, ubicado en un barrio separado del resto de la ciudad por autovías y el campo. En esta zona viven los denominados “pijo-cutres”. Éste es un término acuñado por Silvana, profesora de lenguas vivas, tras haber estudiado el comportamiento de estos individuos en su entorno natural durante los últimos meses.
Una posible definición de “pijo-cutres” sería la siguiente: “Individuo (alumno en este caso) caprichoso y chabacano que presume de su residencia (conjunto de chalets pareados o adosados) y de la posición socio-económica de sus padres (como máximo, titulados medios). Dichos individuos desprecian a la cultura y al resto de los mortales.
Este género de alumnos encontraría la horma de su zapato si en el instituto se aplicasen las normas del decreto de Convivencia del año 2007, pero… no es así.
Nuestro profesor ve cómo los alumnos entran en el aula cuando quieren, casi no piden permiso para pasar, comen en la clase, ensucian el suelo, utilizan aparatos electrónicos descaradamente y, para más inri, como gallinas histéricas, cacarean exigencias caprichosas hacia el profesorado: “¡Este examen es muy chungo! ¡Cámbiame el examen que este finde me voy a Villatontas de Abajo! ¡El examen lo has puesto para pillar! ¿A qué se lo digo a mi padre? “ En fin, de pena.
Tal vez, estas acciones parezcan menores al lado de las faltas de respeto y la indisciplina general. Un grupo de 2º de ESO representa los despropósitos del sistema de enseñanza combinados con la mala educación y una disciplina laxa. Sólo así se explicaría que los profesores que tienen clase estén remisos a la hora de entrar en ese aula que funciona como una cápsula del tiempo: los segundos parecen minutos y, estos, horas. ¿Qué podemos encontrar ahí? Muchos alumnos y unos cuantos maleducados que fastidian al resto montando follón en cada clase. ¿Hay algún remedio? Se podría intentar.
Marckopole propondría la llamada a capítulo de los padres de los alborotadores para que recondujesen la actitud de sus hijos. Si no se obtuviese ningún cambio, el equipo directivo debería sancionar a los alumnos con expulsiones del centro durante unos días. Por ejemplo: cada tres amonestaciones, dos días expulsado. A la próxima acumulación de tres amonestaciones, cuatro días en casa. De este modo, el resto de la clase sabría a qué atenerse y se garantizaría el derecho a recibir una enseñanza en condiciones para esa mayoría silenciosa de las aulas.
¿Qué es lo que ve nuestro profesor en este instituto de “buena fama”? Nada de nada. A lo sumo, unos cuantos alumnos “castigados” sin recreo en un cuchitril o a 10 minutos de permanencia en el centro tras el fin de la jornada. Verdaderamente unos castigos (sanciones, mejor dicho) que horrorizarían a cualquier galeote.
Aquí la responsabilidad del jefe de estudios (en adelante, “el señorito”) es manifiesta. Los profesores pueden entregarle montones de amonestaciones, pero las sanciones brillan por su ausencia. El señorito es un enjuto personaje, con barba de hambre y ojos hundidos que pasea su triste figura evitando las zonas problemáticas y saliendo cada dos por tres del recinto académico (¡qué palabra!) para satisfacer su necesidad nicotínica. A Marckopole le asombra que no haya expulsado a ningún alumno, ni siquiera un día. En otros centros se aplicarían las normas, pero en este parece que se tiene miedo a los engreídos padres que varios profes (equipo directivo incluido) tienen como vecinos, ¡qué pena!
El equipo directivo tiene un sueldo superior y una considerable reducción en el horario lectivo para encargase, en este caso, el señorito, de la disciplina, aplicando la cobertura legal disponible y el sentido común. La pertenencia a los cargos directivos implica encarar los problemas (si no es así, que dimitan). En su mano está impedir la pérdida de posibles buenos alumnos, hastiados por los alborotos en las clases y el abandono de profesores “quemados” ante los desencantos diarios y la falta de apoyo de quien debería ser su principal valedor, el jefe de estudios. Alguien que debería imponer disciplina con un puño de hierro enfundado en un guante de seda. Los recepcionistas de hotel y los paseantes desocupados ya tienen su sitio fuera de los institutos.
domingo, 18 de julio de 2010
Miss Hyde en el instituto
El 2º año en el instituto Doctora Teresa Nadora fue, en general, bueno. Nuestro profesor tuvo sus roces con ciertos alumnos, pero los supo solventar con éxito.
El curso finalizaba y éste traía como postre ¡las oposiciones de Secundaria! Marckopole estudió para conseguir de una vez la plaza, aunque estudio y trabajo eran difíciles de compatibilizar.
Diez días antes de las oposiciones, se realizaron los exámenes de recuperación (también llamados finales) en todos los cursos. Esta era una última oportunidad de aprobar para evitar examinarse en septiembre.
Calificados los exámenes, algunos alumnos pidieron ver sus ejercicios días antes de que les entregasen los boletines de notas. Uno de estos era Kélian Téres, de 3º. Marckopole le enseñó el examen calificado con un 2’06. El alumno se quedó estupefacto y dijo: “Pero, si… si yo…. yo me lo había estudiado. Me lo había preparado bien”. Nuestro profesor le indicaba sus errores y le pedía que leyera sus anotaciones en color rojo para que comprobara qué debía haber contestado. Kélian preguntó: “Entonces. ¿Me vas a suspender?” Marckopole le señalaba la nota para que él se respondiera a sí mismo. El alumno se marchó y volvió al poco tiempo. Éste le dijo al profesor que quería poner una reclamación. “Ponla” le contestó Marckopole.

El lunes, pasados cuatro días de los hechos, nuestro profesor se encontraba en la sala de profesores y, entonces, se acercó a él Marta Jante, la jefa de estudios. Ésta le dijo que había llamado el padre de Kélian Téres, preocupado por el resultado de su hijo y quería poner una reclamación. Ella había frenado dicha reclamación (ésta se debía presentar por escrito tras recibir el boletín de notas) porque quería que Marcko llamase por teléfono al padre y le dijera entre otras cosas: “…que no ha podido superar la materia, pero que si continúa con la evolución manifestada a lo largo del curso podrá aprobar en septiembre y valoramos el esfuerzo realizado en el último trimestre y de seguir así... bla, bla, bla, bla, bla.”
Nuestro profesor le indicó a la jefa que él estaba en el instituto y que si el padre quería, que le llamase allí o que pidiera una cita. A continuación, Marta Jante se giró a su izquierda y enlazó el final de su discurso con otro dirigido a otra profesora que se encontraba al lado.
Al principio, pensó en llamar al padre, pero después no lo hizo. El alumno en cuestión había sido un impertinente durante el curso y Marckopole estimó que si el padre quería interesarse por el examen de su hijo, debería ponerse en contacto con el profesor. Además, consideraba una falta de respeto que la jefa le dijera lo que tenía que transmitirle al padre. Si el alumno no había trabajado durante el tercer trimestre ¿Cómo le iba a decir lo contrario? La jefa hablaba sin saber.
Dos días después llegó la entrega de notas. Algunos alumnos pidieron ver su examen. Lo vieron y se marcharon. Por el pasillo se encontraba Kélian Téres, pero no se acercó a Marcko para ver otra vez su examen o para preguntarle algo. Tras permanecer un rato más en el instituto, esperando por si algún alumno aparecía para resolver alguna duda, nuestro profesor se marchó.
Al día siguiente era previo a las oposiciones, por lo tanto, Marckopole decidió que no iría al instituto para poder repasar tranquilamente en su casa. Previamente había enviado un correo electrónico al jefe del departamento de Historia, Felipe Tardo, advirtiéndole de la posibilidad de la presentación de una reclamación. Para ello, le indicaba las calificaciones obtenidas por el alumno y le dejaba el examen encima de la mesa del departamento, por si los miembros del mismo querían resolver la posible reclamación ese día o le esperaban para el próximo cuando Marcko ya estaría presente.
Transcurría aquella plácida y cálida mañana cuando, de repente, sonó el móvil de nuestro profesor. Era Felipe Tardo. Éste le comenta que han corregido el examen y le han puesto un 4’3 y que la jefa de estudios le ha dicho que ella misma pondría la reclamación, ya que Marcko debía haber hablado con el padre y… Nuestro profesor se queda sorprendido. ¡Han corregido el examen sin una reclamación previa y la jefa la va a ponerl! ¡Esto es dar facilidades al alumnado!
Felipe Tardo expone que a él no le correspondía gestionar ese asunto y que se va a desentender del mismo, pasándole el teléfono a Marta Jante. En ese momento comenzó el siguiente “diálogo”:
- Dime Marckopole – dijo condescendientemente.
- Dime tú, que te has puesto al teléfono.
- ¿Qué quieres que te diga? Te dije que llamaras al padre de Kélian Téres y ¡no lo has hecho! – elevando el tono- ¡¡Tengo por todas partes notas con Kélian Téres, Kélian Téres, Kélian Téres!!
- Es que yo tengo que decidir si le llamo o no – expuso Marcko.
- ¡Si yo te digo que llames a alguien le llamas! – afirmó histéricamente.
- No. Eso lo decido yo.
- ¡Aquí hay una jerarquía! – vociferaba Marta Jante.
Marcko tenía el móvil despegado de su oreja ante aquellos berridos. A lo mejor la jefa creía que estaba en el ejército prusiano. Con razón Lara, la encargada de la limpieza, decía que era “una sargentona”.
- No, no. Yo no te aseguré que le iba a llamar.
- ¡Además, al día siguiente entré en la sala de profesores y te pregunté si habías llamado al padre de Kélian y me dijiste que no!
- Yo no recuerdo eso – adujo Marcko.
- ¿Cómo que no? – chillaba la jefa.
- ¿Por qué no me escuchas? ¡No me escuchas! – clamaba nuestro profesor. ¡No voy a afirmar que ha ocurrido lo que no ha pasado!
- ¡Pero si te lo dije!
- No, no. Eso no pasó – repetía Marcko.
- ¡Ay Marckopole! ¡¡Me vas a volver loca!!
(¿Aún más de lo que estaba? La jefa estaba desatada. Se había convertido en Miss Hyde, la hermana de Mister Hyde, el personaje de Stevenson, que se transformaba en un ser perverso. Tanto café en cápsulas no le debió sentar bien a la jefa).
- Entonces ¿el alumno ha presentado una reclamación? – preguntó Marckopole.
- El alumno presentó una reclamación oral, o-ral – silabeó pacientemente – pero yo quería evitar que presentase una reclamación por escrito porque para nuestro centro es importante que haya pocas reclamaciones y este año ya hemos tenido unas cuantas en 2º de Bachillerato.
- Yo he estado en otros institutos donde se han presentado reclamaciones. El departamento las ha contestado y no ha pasado nada. – argumentó Marcko.
- Pues eso será en esos centros, pero aquí seguimos otra línea. ¿Quieres que llame ahora mismo a Kélian Téres y le diga que ponga la reclamación?
- Creo que no pasará nada – contestó nuestro profesor.
- ¡Es que no te das cuenta de que has dejado a un niño desamparado! – arremetía de nuevo - ¡Tienes que ser asertivo con él!
En esos momentos, Marcko pensaba que había dejado al tal Kélian (de 15 años) en mitad de la autopista o, peor aún, que había desahuciado a su familia. Además, le pedía asertividad ¿La misma que tenía con Marcko?
- ¿Quieres que llame a la inspectora y le pregunte cómo debe seguir el proceso? – preguntó amenazadoramente.
Por unos instantes, Marcko estuvo dispuesto a ir al centro o llamar al padre, pues parece que mentar a la inspectora es como nombrar a un juez malvado que le va a sancionar.
Sin embargo, sin saber cómo, la jefa comenzó a relajarse. Tal vez porque se estaba cansando y creía que no iba a convencer a Marcko, o porque se le estaba pasando el efecto del café en cápsulas y volvía a la cordura del Dr. Jekyll, Marta Jante empezó a pedirle las calificaciones que había obtenido Kélian Téres durante el curso. Marcko suponía que la jefa llamaría al padre de la criatura, a ese niño abandonado por el sentido de la responsabilidad y por el sentido común, para explicarle el “gran trabajo” desarrollado por su hijo.
Finalmente, la jefa se despidió con una leve reconvención: ¡Hay que ver cómo somos!
Sí. Hay que ver. La jefa parece que tiene un trastorno bipolar. Debería someterse a una revisión psiquiátrica. A veces tiene una mirada de ida con los ojos completamente abiertos que ¡da miedo! ¿Es posible que se crea Napoleona o el ama de llaves de “Rebeca”?
En fin, ¿cómo acabó la historia? Al lunes siguiente, vuelve Marcko al centro, la jefa le saluda con fría cortesía y, unas horas más tarde, aparece el jefe del departamento con ¡la reclamación! Al final la puso. Bueno, pues leen y deciden que la nota de evaluación puesta por el profesor queda ratificada. Además se argumenta que el alumno no tenía hechas las tareas en 14 de las 20 ocasiones en que el profesor se las pidió a lo largo del curso.
Marckopole ignora si el prestigio del centro quedó dañado tras esta reclamación. Quizás haya una clasificación de institutos en la que se puntúe a los centros por el menor nº de reclamaciones recibidas y, de este modo, los equipos directivos sean premiados con alguna condecoración de hojalata o con vales-descuento para adquirir algún detergente. En caso contrario, es posible que la temida inspectora “tire de las orejas” al equipo directivo ¡qué horror!
La enseñanza siempre tendrá sucesos que destacar. Lo importante es no perder el norte y mantener la dignidad del profesorado, existiendo el respeto mutuo entre todos los miembros de la comunidad educativa.
El curso finalizaba y éste traía como postre ¡las oposiciones de Secundaria! Marckopole estudió para conseguir de una vez la plaza, aunque estudio y trabajo eran difíciles de compatibilizar.
Diez días antes de las oposiciones, se realizaron los exámenes de recuperación (también llamados finales) en todos los cursos. Esta era una última oportunidad de aprobar para evitar examinarse en septiembre.
Calificados los exámenes, algunos alumnos pidieron ver sus ejercicios días antes de que les entregasen los boletines de notas. Uno de estos era Kélian Téres, de 3º. Marckopole le enseñó el examen calificado con un 2’06. El alumno se quedó estupefacto y dijo: “Pero, si… si yo…. yo me lo había estudiado. Me lo había preparado bien”. Nuestro profesor le indicaba sus errores y le pedía que leyera sus anotaciones en color rojo para que comprobara qué debía haber contestado. Kélian preguntó: “Entonces. ¿Me vas a suspender?” Marckopole le señalaba la nota para que él se respondiera a sí mismo. El alumno se marchó y volvió al poco tiempo. Éste le dijo al profesor que quería poner una reclamación. “Ponla” le contestó Marckopole.
El lunes, pasados cuatro días de los hechos, nuestro profesor se encontraba en la sala de profesores y, entonces, se acercó a él Marta Jante, la jefa de estudios. Ésta le dijo que había llamado el padre de Kélian Téres, preocupado por el resultado de su hijo y quería poner una reclamación. Ella había frenado dicha reclamación (ésta se debía presentar por escrito tras recibir el boletín de notas) porque quería que Marcko llamase por teléfono al padre y le dijera entre otras cosas: “…que no ha podido superar la materia, pero que si continúa con la evolución manifestada a lo largo del curso podrá aprobar en septiembre y valoramos el esfuerzo realizado en el último trimestre y de seguir así... bla, bla, bla, bla, bla.”
Nuestro profesor le indicó a la jefa que él estaba en el instituto y que si el padre quería, que le llamase allí o que pidiera una cita. A continuación, Marta Jante se giró a su izquierda y enlazó el final de su discurso con otro dirigido a otra profesora que se encontraba al lado.
Al principio, pensó en llamar al padre, pero después no lo hizo. El alumno en cuestión había sido un impertinente durante el curso y Marckopole estimó que si el padre quería interesarse por el examen de su hijo, debería ponerse en contacto con el profesor. Además, consideraba una falta de respeto que la jefa le dijera lo que tenía que transmitirle al padre. Si el alumno no había trabajado durante el tercer trimestre ¿Cómo le iba a decir lo contrario? La jefa hablaba sin saber.
Dos días después llegó la entrega de notas. Algunos alumnos pidieron ver su examen. Lo vieron y se marcharon. Por el pasillo se encontraba Kélian Téres, pero no se acercó a Marcko para ver otra vez su examen o para preguntarle algo. Tras permanecer un rato más en el instituto, esperando por si algún alumno aparecía para resolver alguna duda, nuestro profesor se marchó.
Al día siguiente era previo a las oposiciones, por lo tanto, Marckopole decidió que no iría al instituto para poder repasar tranquilamente en su casa. Previamente había enviado un correo electrónico al jefe del departamento de Historia, Felipe Tardo, advirtiéndole de la posibilidad de la presentación de una reclamación. Para ello, le indicaba las calificaciones obtenidas por el alumno y le dejaba el examen encima de la mesa del departamento, por si los miembros del mismo querían resolver la posible reclamación ese día o le esperaban para el próximo cuando Marcko ya estaría presente.
Transcurría aquella plácida y cálida mañana cuando, de repente, sonó el móvil de nuestro profesor. Era Felipe Tardo. Éste le comenta que han corregido el examen y le han puesto un 4’3 y que la jefa de estudios le ha dicho que ella misma pondría la reclamación, ya que Marcko debía haber hablado con el padre y… Nuestro profesor se queda sorprendido. ¡Han corregido el examen sin una reclamación previa y la jefa la va a ponerl! ¡Esto es dar facilidades al alumnado!
Felipe Tardo expone que a él no le correspondía gestionar ese asunto y que se va a desentender del mismo, pasándole el teléfono a Marta Jante. En ese momento comenzó el siguiente “diálogo”:
- Dime Marckopole – dijo condescendientemente.
- Dime tú, que te has puesto al teléfono.
- ¿Qué quieres que te diga? Te dije que llamaras al padre de Kélian Téres y ¡no lo has hecho! – elevando el tono- ¡¡Tengo por todas partes notas con Kélian Téres, Kélian Téres, Kélian Téres!!
- Es que yo tengo que decidir si le llamo o no – expuso Marcko.
- ¡Si yo te digo que llames a alguien le llamas! – afirmó histéricamente.
- No. Eso lo decido yo.
- ¡Aquí hay una jerarquía! – vociferaba Marta Jante.
Marcko tenía el móvil despegado de su oreja ante aquellos berridos. A lo mejor la jefa creía que estaba en el ejército prusiano. Con razón Lara, la encargada de la limpieza, decía que era “una sargentona”.
- No, no. Yo no te aseguré que le iba a llamar.
- ¡Además, al día siguiente entré en la sala de profesores y te pregunté si habías llamado al padre de Kélian y me dijiste que no!
- Yo no recuerdo eso – adujo Marcko.
- ¿Cómo que no? – chillaba la jefa.
- ¿Por qué no me escuchas? ¡No me escuchas! – clamaba nuestro profesor. ¡No voy a afirmar que ha ocurrido lo que no ha pasado!
- ¡Pero si te lo dije!
- No, no. Eso no pasó – repetía Marcko.
- ¡Ay Marckopole! ¡¡Me vas a volver loca!!
(¿Aún más de lo que estaba? La jefa estaba desatada. Se había convertido en Miss Hyde, la hermana de Mister Hyde, el personaje de Stevenson, que se transformaba en un ser perverso. Tanto café en cápsulas no le debió sentar bien a la jefa).
- Entonces ¿el alumno ha presentado una reclamación? – preguntó Marckopole.
- El alumno presentó una reclamación oral, o-ral – silabeó pacientemente – pero yo quería evitar que presentase una reclamación por escrito porque para nuestro centro es importante que haya pocas reclamaciones y este año ya hemos tenido unas cuantas en 2º de Bachillerato.
- Yo he estado en otros institutos donde se han presentado reclamaciones. El departamento las ha contestado y no ha pasado nada. – argumentó Marcko.
- Pues eso será en esos centros, pero aquí seguimos otra línea. ¿Quieres que llame ahora mismo a Kélian Téres y le diga que ponga la reclamación?
- Creo que no pasará nada – contestó nuestro profesor.
- ¡Es que no te das cuenta de que has dejado a un niño desamparado! – arremetía de nuevo - ¡Tienes que ser asertivo con él!
En esos momentos, Marcko pensaba que había dejado al tal Kélian (de 15 años) en mitad de la autopista o, peor aún, que había desahuciado a su familia. Además, le pedía asertividad ¿La misma que tenía con Marcko?
- ¿Quieres que llame a la inspectora y le pregunte cómo debe seguir el proceso? – preguntó amenazadoramente.
Por unos instantes, Marcko estuvo dispuesto a ir al centro o llamar al padre, pues parece que mentar a la inspectora es como nombrar a un juez malvado que le va a sancionar.
Sin embargo, sin saber cómo, la jefa comenzó a relajarse. Tal vez porque se estaba cansando y creía que no iba a convencer a Marcko, o porque se le estaba pasando el efecto del café en cápsulas y volvía a la cordura del Dr. Jekyll, Marta Jante empezó a pedirle las calificaciones que había obtenido Kélian Téres durante el curso. Marcko suponía que la jefa llamaría al padre de la criatura, a ese niño abandonado por el sentido de la responsabilidad y por el sentido común, para explicarle el “gran trabajo” desarrollado por su hijo.
Finalmente, la jefa se despidió con una leve reconvención: ¡Hay que ver cómo somos!
Sí. Hay que ver. La jefa parece que tiene un trastorno bipolar. Debería someterse a una revisión psiquiátrica. A veces tiene una mirada de ida con los ojos completamente abiertos que ¡da miedo! ¿Es posible que se crea Napoleona o el ama de llaves de “Rebeca”?
Marckopole ignora si el prestigio del centro quedó dañado tras esta reclamación. Quizás haya una clasificación de institutos en la que se puntúe a los centros por el menor nº de reclamaciones recibidas y, de este modo, los equipos directivos sean premiados con alguna condecoración de hojalata o con vales-descuento para adquirir algún detergente. En caso contrario, es posible que la temida inspectora “tire de las orejas” al equipo directivo ¡qué horror!
La enseñanza siempre tendrá sucesos que destacar. Lo importante es no perder el norte y mantener la dignidad del profesorado, existiendo el respeto mutuo entre todos los miembros de la comunidad educativa.
domingo, 27 de diciembre de 2009
La (d)evaluación
Llegado el mes septiembre comienza el final del curso anterior. Sí, es así. El primer y el segundo días hábiles se emplean para los exámenes, cuyas notas deben estar listas para la tercera jornada, de tal manera que apenas hay tiempo para calificar con tranquilidad. Marckopole tenía, entre otros, dos grupos de Historia de España de 2º de Bachillerato y, tras calificar los exámenes, habían aprobado unos pocos, porque hay que estudiar mucho y bien para una materia tan amplia.
Día 3 por la mañana temprano en el instituto. Saludos y besos de rigor a los compañeros tras las justas y necesarias vacaciones veraniegas. “¡Voy a ser profesor repetidor!” exclamaba Marckopole, ya que seguiría allí el próximo curso. “¡Qué envidia me das!”- decía Eleniak, aún sin destino a la vista.
Seguidamente, los miembros de la junta de evaluación se reunieron para ver las notas y tomar decisiones. Poco antes de comenzar cada profesor a decir las notas, la jefa de estudios, Marta Jante mostró dos documentos afirmando:
-“El inspector nos ha dicho que si hay algún alumno que le quede una materia suspensa, la junta de evaluación debe considerar si tiene madurez académica para proseguir estudios superiores. Si decidís que tiene esa madurez, ponéis vuestros nombres y firmas en esta hoja y si decidís que no es así, bueno, pues además de vuestros nombres y firmas, debéis argumentar por qué no titula”.
Ante aquella novedad que deja perplejos a algunos, el tutor va pidiendo las notas de cada alumno y al finalizar hace recuento de los que le queda una materia suspensa. Entre ellos destaca Alberto Canapias, un repetidor de 2º, a quien el profesor de Dibujo le había aprobado la materia en la sesión de evaluación de mayo, ya que “sólo” suspendía su materia y Física. En cambio, la profesora de Física mantuvo su nota y no se asustó al verse como “la única que había suspendido al alumno”. Éste había vuelto a suspender Física en septiembre y la profesora expuso que incluso durante el examen, Alberto Canapias había dudado de la claridad de las preguntas del mismo. A partir de entonces todo fueron opiniones:
El profesor de Matemáticas afirmó que Alberto Canapias era “un macarra” y que no lo veía maduro pero que a Ricardo Blado sí, porque era “una buena persona”.Este último suspendía Lengua Española y el profesor de la materia aducía que “no había aprobado ningún examen durante el curso”.(Al final “le” aprobaron)
De nuevo se volvía al caso de Alberto Canapias. Gertrudis, la profe de Física, destacaba el mal comportamiento del alumno todo el año. A esto, Juliette Le Vision, profesora de Francés dijo: “Mira. Yo conozco a Alberto y a su madre y el comportamiento que tiene conmigo es totalmente distinto al que tiene contigo. Su madre es una bellísima persona y bla, bla, bla...”. Luego, Bartolo Quero, el profesor de Dibujo que “le” aprobó en mayo, afirmó: “Es que la rebeldía también es un signo de madurez. Enfrentarte al profesor, en lugar de decir sí buana”. Entonces Marta Jante terció: “La rebeldía no es madurez sino todo lo contrario”.
Finalmente, tras varios comentarios se tomaron algunas decisiones. Dos alumnos fueron aprobados por el conjunto de profesores y uno, Alberto Canapias quedó con su suspenso. (Posteriormente este alumno, tras conocer el “veredicto” afirmó sus deseos de agarrar por el cuello a la malvada profesora.¡Qué criaturita!)
Marckopole opina que el término “madurez académica” es una nueva excusa para conseguir que haya más aprobados. Este aprobado colectivo es incompatible con el Artículo 2.3 de la Orden de 24 de abril de 2009 de evaluación de Bachillerato que establece que: “El profesor de cada materia decidirá al término del curso si el alumno ha alcanzado los objetivos de la misma”. Si el resto de profesores decide que es maduro académicamente, ya le están aprobando esa materia, además de constituir una falta de respeto para el profesor que puso la nota, pues se pasa por encima de su decisión. El profesor es quien decide la nota, no el conjunto de profesores.
El Artículo 6 de la misma orden afirma: “El título de Bachiller será único. Para obtener el título de Bachiller será necesaria la evaluación positiva en todas las materias de los dos cursos del Bachillerato.” Al parecer, si el profesor establece una nota negativa, el alumno no puede obtener el título. Por lo tanto, los documentos presentados en las sesiones de evaluación para que se considere el aprobado colegiado al alumno con una materia suspensa, entran en contradicción con los artículos arriba mencionados y para futuras sesiones se deberían traer a colación.
Marckopole piensa que con esta medida se pretende que el inspector de turno no tenga que estar atendiendo las reclamaciones de alumnos (aunque tengan un 0 o un 1) y “aprobarles” (sin ver exámenes, sin conocer su nivel académico). Así este tipo colabora en devaluar más el sistema de enseñanza. De esta manera, los profesores ahorran ese “trabajo” y se crea la división entre ellos: los “benévolos” conceden el aprobado que el profesor le ha negado al alumno y los “malévolos” reafirman la nota del profesor y fastidian al alumno cursando una sola materia. ¡Qué desconsideración! ¡Así no hay manera de aumentar la estadística de aprobados!
No es de extrañar que algunos alumnos no estudien 1 ó 2 materias, pues confían en que se imponga una supuesta bondad entre los profesores y les otorgue el aprobado. De resultas de estas decisiones, el sistema de enseñanza podría realizar la siguiente oferta a los jóvenes para atraer (o mantener) alumnado a sus aulas de Bachillerato:
“Matricúlate de las 8 materias y, por aprobar 6 ó 7 te aprobamos las restantes. ¡Llévate 8 por el precio de 7! ¡Es una oferta que no puedes rechazar!
Día 3 por la mañana temprano en el instituto. Saludos y besos de rigor a los compañeros tras las justas y necesarias vacaciones veraniegas. “¡Voy a ser profesor repetidor!” exclamaba Marckopole, ya que seguiría allí el próximo curso. “¡Qué envidia me das!”- decía Eleniak, aún sin destino a la vista.
Seguidamente, los miembros de la junta de evaluación se reunieron para ver las notas y tomar decisiones. Poco antes de comenzar cada profesor a decir las notas, la jefa de estudios, Marta Jante mostró dos documentos afirmando:
-“El inspector nos ha dicho que si hay algún alumno que le quede una materia suspensa, la junta de evaluación debe considerar si tiene madurez académica para proseguir estudios superiores. Si decidís que tiene esa madurez, ponéis vuestros nombres y firmas en esta hoja y si decidís que no es así, bueno, pues además de vuestros nombres y firmas, debéis argumentar por qué no titula”.
Ante aquella novedad que deja perplejos a algunos, el tutor va pidiendo las notas de cada alumno y al finalizar hace recuento de los que le queda una materia suspensa. Entre ellos destaca Alberto Canapias, un repetidor de 2º, a quien el profesor de Dibujo le había aprobado la materia en la sesión de evaluación de mayo, ya que “sólo” suspendía su materia y Física. En cambio, la profesora de Física mantuvo su nota y no se asustó al verse como “la única que había suspendido al alumno”. Éste había vuelto a suspender Física en septiembre y la profesora expuso que incluso durante el examen, Alberto Canapias había dudado de la claridad de las preguntas del mismo. A partir de entonces todo fueron opiniones:
El profesor de Matemáticas afirmó que Alberto Canapias era “un macarra” y que no lo veía maduro pero que a Ricardo Blado sí, porque era “una buena persona”.Este último suspendía Lengua Española y el profesor de la materia aducía que “no había aprobado ningún examen durante el curso”.(Al final “le” aprobaron)
De nuevo se volvía al caso de Alberto Canapias. Gertrudis, la profe de Física, destacaba el mal comportamiento del alumno todo el año. A esto, Juliette Le Vision, profesora de Francés dijo: “Mira. Yo conozco a Alberto y a su madre y el comportamiento que tiene conmigo es totalmente distinto al que tiene contigo. Su madre es una bellísima persona y bla, bla, bla...”. Luego, Bartolo Quero, el profesor de Dibujo que “le” aprobó en mayo, afirmó: “Es que la rebeldía también es un signo de madurez. Enfrentarte al profesor, en lugar de decir sí buana”. Entonces Marta Jante terció: “La rebeldía no es madurez sino todo lo contrario”.
Finalmente, tras varios comentarios se tomaron algunas decisiones. Dos alumnos fueron aprobados por el conjunto de profesores y uno, Alberto Canapias quedó con su suspenso. (Posteriormente este alumno, tras conocer el “veredicto” afirmó sus deseos de agarrar por el cuello a la malvada profesora.¡Qué criaturita!)
Marckopole opina que el término “madurez académica” es una nueva excusa para conseguir que haya más aprobados. Este aprobado colectivo es incompatible con el Artículo 2.3 de la Orden de 24 de abril de 2009 de evaluación de Bachillerato que establece que: “El profesor de cada materia decidirá al término del curso si el alumno ha alcanzado los objetivos de la misma”. Si el resto de profesores decide que es maduro académicamente, ya le están aprobando esa materia, además de constituir una falta de respeto para el profesor que puso la nota, pues se pasa por encima de su decisión. El profesor es quien decide la nota, no el conjunto de profesores.
El Artículo 6 de la misma orden afirma: “El título de Bachiller será único. Para obtener el título de Bachiller será necesaria la evaluación positiva en todas las materias de los dos cursos del Bachillerato.” Al parecer, si el profesor establece una nota negativa, el alumno no puede obtener el título. Por lo tanto, los documentos presentados en las sesiones de evaluación para que se considere el aprobado colegiado al alumno con una materia suspensa, entran en contradicción con los artículos arriba mencionados y para futuras sesiones se deberían traer a colación.
Marckopole piensa que con esta medida se pretende que el inspector de turno no tenga que estar atendiendo las reclamaciones de alumnos (aunque tengan un 0 o un 1) y “aprobarles” (sin ver exámenes, sin conocer su nivel académico). Así este tipo colabora en devaluar más el sistema de enseñanza. De esta manera, los profesores ahorran ese “trabajo” y se crea la división entre ellos: los “benévolos” conceden el aprobado que el profesor le ha negado al alumno y los “malévolos” reafirman la nota del profesor y fastidian al alumno cursando una sola materia. ¡Qué desconsideración! ¡Así no hay manera de aumentar la estadística de aprobados!
No es de extrañar que algunos alumnos no estudien 1 ó 2 materias, pues confían en que se imponga una supuesta bondad entre los profesores y les otorgue el aprobado. De resultas de estas decisiones, el sistema de enseñanza podría realizar la siguiente oferta a los jóvenes para atraer (o mantener) alumnado a sus aulas de Bachillerato:
“Matricúlate de las 8 materias y, por aprobar 6 ó 7 te aprobamos las restantes. ¡Llévate 8 por el precio de 7! ¡Es una oferta que no puedes rechazar!
lunes, 14 de septiembre de 2009
Estultas opiniones
Tras pasar un curso aceptable en el instituto Doctora Teresa Nadora, Marckopole volvió a repetir en dicho centro, confiando preparar con tranquilidad las próximas oposiciones, aprobarlas, es decir, conseguir la plaza y dejar de examinarse.
Por otra parte, sobre el ámbito de la Enseñanza Secundaria, del que algo entiende nuestro profesor, a veces escucha opiniones que le encorajinan. En realidad, uno debería calmarse y desdeñarlas como haría Schopenhauer, aunque oyendo tales afirmaciones a Marckopole no le extraña que la Enseñanza Secundaria esté en tan lamentable situación.
En cierta ocasión, nuestro profesor estaba hablando con un personaje sobre la crisis que golpea a España. Marckopole afirmó que era necesaria una profunda reforma del sistema educativo establecido por : los gobiernos del PSOE desde octubre de 1990 (LOGSE), retocada mínimamente por el PP en diciembre de 2002 (LOCE) , suspendida esta ley en 2004 y una nueva ley del PSOE en mayo de 2006 (LOE, es decir, 2ª versión de la LOGSE). La legislación actual no promueve el esfuerzo, pues un alumno acabará pasando al curso siguiente, ya que sólo se puede permanecer dos años en el mismo curso. El personaje decía que, probablemente entre los alumnos actuales el esfuerzo no es una actitud que sea importante para ellos. Entonces, se pregunta Marckopole: ¿Cómo van a conseguir el graduado en ESO? (hasta el nombre es feo) ¿Se les otorgará por antigüedad en el centro, generosidad del profesor o mediante decreto ley? Tal vez. ¿Mediante el estudio? ¡Ni hablar!
Tampoco el personaje que conversaba con Marckopole le parecía grave que los alumnos pasasen de curso con una buena cantidad de materias suspensas, pues así se seguían “socializando” con sus compañeros. Además, el personaje aducía vehemente que con el anterior sistema educativo “vete tú a saber la cantidad de chavales que se pusieron a esnifar pegamento o se convirtieron en drogadictos por que no les pasaron de curso”.
La verdad es que Marcko ignoraba las “nefastas” consecuencias de suspender y no pasar de curso al no existir en aquella época ( hace 15 ó 20 años) la “promoción automática”, que en lengua veneciana viene a ser : “paso de curso porque ya estuve 2 veces haciendo el mismo y aunque haya suspendido más materias que la primera vez no pasa nada. ¡No voy a estar repitiendo hasta que me jubile!”
Nuestro profesor no recuerda a nadie que le diera por autodestruirse porque el sistema educativo no le permitiera pasar de curso por sus deméritos. En cambio, si le viene a la cabeza los casos de alumnos que decidieron ponerse a trabajar, pasarse a la Formación Profesional de primer grado (2 cursos), hacer el servicio militar como voluntario o cambiarse de instituto. Marckopole estima que estas decisiones no supusieron un deterioro neuronal considerable.
Asimismo, el pagano de la enseñanza insistía en que el profesor “ está para servir al margen de cualquier ley que establezca el gobierno de turno”. Marcko disiente. El profesor estará para enseñar, dar clase. No se pone al servicio de nadie. ¿Cómo no va a ser importante la ley? ¿Acaso es lo mismo una ley que te permite ir a 140 km/h por la autopista que otra que restringe la velocidad hasta los 100 km/h? ¿Es lo mismo una que permite votar a los mayores de 18 años que otra que lo eleva a los mayores de 21? ¿Es igual una ley que consiente que las mayores de 16 años aborten que otra legislación que lo prohíbe?
La ley actual obliga a los alumnos a permanecer en las aulas hasta los 16 años, quieran o no. Además, pueden estar hasta los 18 si lo desean y, claro, se lo pasan tan bien que allí se quedan. Si el alumno no quiere estudiar pero es tranquilo, estará en clase como un mueble y perderá su tiempo. En cambio, si es inquieto, procurará molestar y hacer perder el tiempo a los demás. ¿Por qué no darles alternativas a los 14 años y que accedan a una Formación Profesional, al aprendizaje de un oficio o a una vía hacia el Bachillerato?
Por otra parte, los contenidos de la ESO son asequibles para la inmensa mayoría, pero hay que estudiar, hacer los ejercicios, comportarse en clase, tener interés... Bajando la exigencia a niveles subterráneos no traerá más que indolencia y que los alumnos salgan de los centros sabiendo cada vez menos y que haya una caída en el nivel cultural (tampoco esto le importaba al personaje en cuestión). Eso sí, serán consumidores manipulables sin sentido crítico (ideal para gobernantes sin escrúpulos). ¡Qué pena!
Probablemente estas opiniones de un personaje ajeno a la enseñanza y, aparentemente, al sentido común, suenen como lo que son : opiniones. El opinante (tertuliano, colaborador, contertulio, invitado...) es un sujeto que aparece en bastantes programas de televisión y, que tan pronto habla “ex catedra” de la enseñanza como de la vida de las marmotas en los Alpes para seguidamente pasar a comentar la vida de los uigures en China o acaba debatiendo las reglas del fútbol australiano.
Sin embargo, es chocante toparse con individuos con puestos en la administración educativa (apartados ya de la tiza aunque nunca aprobaron la oposición) que claman contra los profesores que bajan nota a los alumnos con faltas de ortografía. Exponen que “ si su hijo aspira a un 10 (gran aspiración) no debería valorarse las faltas a no ser que fuera un examen de Lengua española”. ¿Habrá que escribir correctamente en todas las materias? Parece que no. Es exigir demasiado. ¡Vaya con los profesores quisquillosos! Si un alumno escribe :
“ Estava aciendo el egercicio y no pude copiar la lecion. Es pero que por aber yegado tarde no baya a usted a crer que soi inpuntual” ¿Quién no le entiende?
Unos alumnos de Franz Jozef, colega de Marckopole en el Teresa Nadora, suspendieron Filosofía en 1º de Bachillerato por las faltas de ortografía, pero ¡he aquí el milagro! ¡En la 2ª evaluación pusieron cuidado en la ortografía y sacaron mejores notas!
En fin docentes, que no decaiga el ánimo y que se mantenga el rigor y el sentido común en la enseñanza, a pesar de la presión que intenta ejercerse desde distintos ámbitos (psicólogos, orientadores, pedagogos, demagogos, inspectores, maestros....) Urge alcanzar un acuerdo para tener una enseñanza de calidad para que los alumnos sepan resolver problemas en la vida. Pasando de curso con 3 o más materias suspensas, regalando un título vacío de contenido sólo contribuirá a falsear una estadística, engañar a los alumnos, a sus familias y a las conciencias docentes.
Por otra parte, sobre el ámbito de la Enseñanza Secundaria, del que algo entiende nuestro profesor, a veces escucha opiniones que le encorajinan. En realidad, uno debería calmarse y desdeñarlas como haría Schopenhauer, aunque oyendo tales afirmaciones a Marckopole no le extraña que la Enseñanza Secundaria esté en tan lamentable situación.
En cierta ocasión, nuestro profesor estaba hablando con un personaje sobre la crisis que golpea a España. Marckopole afirmó que era necesaria una profunda reforma del sistema educativo establecido por : los gobiernos del PSOE desde octubre de 1990 (LOGSE), retocada mínimamente por el PP en diciembre de 2002 (LOCE) , suspendida esta ley en 2004 y una nueva ley del PSOE en mayo de 2006 (LOE, es decir, 2ª versión de la LOGSE). La legislación actual no promueve el esfuerzo, pues un alumno acabará pasando al curso siguiente, ya que sólo se puede permanecer dos años en el mismo curso. El personaje decía que, probablemente entre los alumnos actuales el esfuerzo no es una actitud que sea importante para ellos. Entonces, se pregunta Marckopole: ¿Cómo van a conseguir el graduado en ESO? (hasta el nombre es feo) ¿Se les otorgará por antigüedad en el centro, generosidad del profesor o mediante decreto ley? Tal vez. ¿Mediante el estudio? ¡Ni hablar!
Tampoco el personaje que conversaba con Marckopole le parecía grave que los alumnos pasasen de curso con una buena cantidad de materias suspensas, pues así se seguían “socializando” con sus compañeros. Además, el personaje aducía vehemente que con el anterior sistema educativo “vete tú a saber la cantidad de chavales que se pusieron a esnifar pegamento o se convirtieron en drogadictos por que no les pasaron de curso”.
La verdad es que Marcko ignoraba las “nefastas” consecuencias de suspender y no pasar de curso al no existir en aquella época ( hace 15 ó 20 años) la “promoción automática”, que en lengua veneciana viene a ser : “paso de curso porque ya estuve 2 veces haciendo el mismo y aunque haya suspendido más materias que la primera vez no pasa nada. ¡No voy a estar repitiendo hasta que me jubile!”
Nuestro profesor no recuerda a nadie que le diera por autodestruirse porque el sistema educativo no le permitiera pasar de curso por sus deméritos. En cambio, si le viene a la cabeza los casos de alumnos que decidieron ponerse a trabajar, pasarse a la Formación Profesional de primer grado (2 cursos), hacer el servicio militar como voluntario o cambiarse de instituto. Marckopole estima que estas decisiones no supusieron un deterioro neuronal considerable.
Asimismo, el pagano de la enseñanza insistía en que el profesor “ está para servir al margen de cualquier ley que establezca el gobierno de turno”. Marcko disiente. El profesor estará para enseñar, dar clase. No se pone al servicio de nadie. ¿Cómo no va a ser importante la ley? ¿Acaso es lo mismo una ley que te permite ir a 140 km/h por la autopista que otra que restringe la velocidad hasta los 100 km/h? ¿Es lo mismo una que permite votar a los mayores de 18 años que otra que lo eleva a los mayores de 21? ¿Es igual una ley que consiente que las mayores de 16 años aborten que otra legislación que lo prohíbe?
La ley actual obliga a los alumnos a permanecer en las aulas hasta los 16 años, quieran o no. Además, pueden estar hasta los 18 si lo desean y, claro, se lo pasan tan bien que allí se quedan. Si el alumno no quiere estudiar pero es tranquilo, estará en clase como un mueble y perderá su tiempo. En cambio, si es inquieto, procurará molestar y hacer perder el tiempo a los demás. ¿Por qué no darles alternativas a los 14 años y que accedan a una Formación Profesional, al aprendizaje de un oficio o a una vía hacia el Bachillerato?
Por otra parte, los contenidos de la ESO son asequibles para la inmensa mayoría, pero hay que estudiar, hacer los ejercicios, comportarse en clase, tener interés... Bajando la exigencia a niveles subterráneos no traerá más que indolencia y que los alumnos salgan de los centros sabiendo cada vez menos y que haya una caída en el nivel cultural (tampoco esto le importaba al personaje en cuestión). Eso sí, serán consumidores manipulables sin sentido crítico (ideal para gobernantes sin escrúpulos). ¡Qué pena!
Probablemente estas opiniones de un personaje ajeno a la enseñanza y, aparentemente, al sentido común, suenen como lo que son : opiniones. El opinante (tertuliano, colaborador, contertulio, invitado...) es un sujeto que aparece en bastantes programas de televisión y, que tan pronto habla “ex catedra” de la enseñanza como de la vida de las marmotas en los Alpes para seguidamente pasar a comentar la vida de los uigures en China o acaba debatiendo las reglas del fútbol australiano.
Sin embargo, es chocante toparse con individuos con puestos en la administración educativa (apartados ya de la tiza aunque nunca aprobaron la oposición) que claman contra los profesores que bajan nota a los alumnos con faltas de ortografía. Exponen que “ si su hijo aspira a un 10 (gran aspiración) no debería valorarse las faltas a no ser que fuera un examen de Lengua española”. ¿Habrá que escribir correctamente en todas las materias? Parece que no. Es exigir demasiado. ¡Vaya con los profesores quisquillosos! Si un alumno escribe :
“ Estava aciendo el egercicio y no pude copiar la lecion. Es pero que por aber yegado tarde no baya a usted a crer que soi inpuntual” ¿Quién no le entiende?
Unos alumnos de Franz Jozef, colega de Marckopole en el Teresa Nadora, suspendieron Filosofía en 1º de Bachillerato por las faltas de ortografía, pero ¡he aquí el milagro! ¡En la 2ª evaluación pusieron cuidado en la ortografía y sacaron mejores notas!
En fin docentes, que no decaiga el ánimo y que se mantenga el rigor y el sentido común en la enseñanza, a pesar de la presión que intenta ejercerse desde distintos ámbitos (psicólogos, orientadores, pedagogos, demagogos, inspectores, maestros....) Urge alcanzar un acuerdo para tener una enseñanza de calidad para que los alumnos sepan resolver problemas en la vida. Pasando de curso con 3 o más materias suspensas, regalando un título vacío de contenido sólo contribuirá a falsear una estadística, engañar a los alumnos, a sus familias y a las conciencias docentes.
sábado, 14 de febrero de 2009
¡Adiós Maestro Picio!
Dedicado a Fran de Villanueva
A petición de Francesco se narrarán las últimas acciones de Marckopole en las inhóspitas tierras de Malavilla.
Llegado el mes de septiembre, nuestro profesor acudiría para poner exámenes y notas. Dos mañanas a lo sumo y Marckopole pondría rumbo a Venezia.
La primera mañana transcurrió con normalidad: saludos a algunos compañeros que preguntaban por nuestra continuidad allí. ¡Ni por todo el oro del mundo! Fue el primer pensamiento. La respuesta fue más razonable: “No. Me han destinado a Trieste, cerca de casa”. “¡Qué pena. Con la autopista que nos han hecho, ahora vendríais mejor! – expuso Renata, una orientadora. Sí. Ahora sí que va a estar solicitado este centro - pensó nuestro profesor.
Marckopole estuvo presente en el examen de 1º de Bachillerato, después recogió los exámenes de 3º que le correspondían corregir y volvió a casa, pues al día siguiente las notas debían estar puestas. La verdad es que de 3º se habían presentado pocos ( 3 de 15 alumnos suspensos). Septiembre es una buena oportunidad para intentar aprobar el curso, pero... ¿Cómo va a haber alumnos estudiando un poco en verano mientras otros se lo pasan bien todo el día? ¡Es una injusticia! “Nada, nada profe. Yo ya se lo he dicho a mi madre” – decía Peroto de 15 años y 9 meses en junio – “ yo voy a repetir 3º”. Evidentemente Peroto debía seguir descansando. ¿Para qué esforzarse? Llegar a 4º es una cuestión de tiempo.
El jueves eran las sesiones de evaluación. Marcko tuvo suerte ya que las cuatro las tenía por la mañana. En una de ellas, de 3º, a la alumna Coloma Algerina le habían quedado 3 suspensas para septiembre, tras habérsele aprobado, por lo menos, dos en junio. Aunque el profesor de Educación Física adujo que “le había aprobado sin presentarle el cuaderno de ejercicios, debiéndole un jamón por el favor”. En septiembre las notas las tiene que decir cada profesor en voz alta según el orden en el que las materias aparecen en un cuadrante. Marcko era el primero: “Geografía un 2”. Siguiente, Matemáticas. El profesor dudaba: “Pueees... ehm... un 5”. Siguiente, Física y Química: “Pues... otro 5. Vaya con el de Sociales”. La alumna pasa a 4º con una única materia suspensa.
Tras estas evaluaciones apareció el jefe del departamento de Geografía, Jacobo Balicón quien le informó de una reunión al día siguiente para tratar una reclamación. En fin, un último día más allí. Marckopole, a pesar de que tenía un destino nuevo, no veía el momento de desaparecer del Maestro Picio.
Viernes por la mañana en el autobús. Nuestro profesor se va encontrando con sus colegas que van a la reunión. Hay pueblos con calles cortadas pues son las fiestas y el autobús para en las afueras y sigue su ruta.
Llegada a Malavilla. En el instituto no se ve a nadie, salvo a conserjes. Alguna de las colegas sugiere ir a secretaría a firmar las actas de junio. Subida a la 2ª planta y petición de las actas. Al ser cuatro y tener cursos distintos debían sacar varias hojas, pero al secretario-cacique de aquel chiringuito le molesta que estuvieran sacando las actas de un cutre archivador(advertía que le habían perdido dos en junio) y que las firmaran allí mismo (de pie) , porque no le dejaban atender al público (sólo había dos personas) y quedaba la mitad del mostrador libre. Marcko le dijo que tenía espacio suficiente y el individuo decía que “él era el encargado de gestionar aquel espacio” mientras seguía encima, mirando como firmaban e intentaban meter las actas en el cutre archivador, hecho que le ponía de los nervios. Marcko le advirtió que les dejara en paz porque sólo quería poner cuatro firmas y marcharse. Finalmente, las colegas consiguieron apaciguar a Marcko y éste no cometió un tonticidio. Realmente aquel Australopithecus necesitaba que le dieran varias manos de pintura civilizadora. ¡Qué pena de ser!

A continuación paso al edificio de enfrente y subida al departamento. Allí, Marcko y Venancia llegan antes y miran los estantes. De repente, apareció Jacobo Balicón quien berreó: “¡A quién se lleve un libro, me lo como!” Menuda declaración paleta y miserable. Marcko se giró y le respondió: “Pues conmigo lo vas a tener difícil”. “¿Por qué?”- preguntó el cretino jefe. “Porque yo estoy muy duro”- respondió nuestro profesor. Al jefe se le iban bajando los humos y concedía: “Bueno, no me importa que os llevéis revistas y bla, bla, bla...” Otro dueño de chiringuito que se cree Napoleón.
Sentados en torno a la escasa mesa, Jacobo sacó una sola reclamación y empezó la indignación. Teresa preguntó “¿cómo es que nos reuníamos hoy para ver una reclamación que ayer en 10 minutos la podíamos haber resuelto?”
Verónica preguntaba por la ausencia del director. Jacobo argumentó que no era imprescindible su presencia. Verónica replicó: “Vamos a ver. Me he levantado a las 7 de la mañana para llegar aquí a las 10 y que este individuo, miembro del departamento, que vive aquí, no esté presente. ¡Vamos, me parece injusto! Haz el favor de bajar y decirle que venga” – reclamó Vero. Dicho y hecho.
Al cabo de unos minutos, Esteve Doble entró sin saludar, se sentó, miró el examen calificado con un 0 (nota ratificada), preguntó la decisión tomada y se marchó sin despedirse. El director estaba trastornado y acabaría hablando con las paredes.
La sensación de pérdida de tiempo aumentaba. Además, si no había que firmar ningún documento, la respuesta a la reclamación podía ser cualquiera, pues el jefe la estaba redactando en un portátil. Aquello se podía haber hecho el día anterior. Apenas había cuatro profesores en el centro. ¡Qué pena! Otra muestra de surrealismo la daba el bobo de Jacobo. Pasa lista de los miembros del departamento y le pone falta a Gertrudis Tinta, ¡profesora ya jubilada!
Marcko y sus compañeras salieron del departamento, mientras Jacobo desde dentro decía. “¡Oye, que dejéis los libros por ahí!” (libros de texto) . Teresa le comentaba a Marcko: “Sí, sí. Yo ya los he dejado en mi casa”. Ja, ja
Si el jefe hubiera tenido sentido común se habría despedido con un :” Adiós-hasta luego-que os vaya bien”, sin embargo, la imbecilidad le cegaba.
Fuera del recinto la sensación era de liberación al haber terminado con aquel antro de tarados, aquella ruina física y moral.

Subidos en el autobús dieron un colectivo corte de mangas dirigido al centro y salieron de ese villorrio con la esperanza de destinos mejores.
Marckopole iniciará otras aventuras y aquí cierra este periodo en el infausto Maestro Picio, agradeciendo a las buenas personas que conoció como: Teresa, Verónica, Eliza, Marcello, Luigi, Francesco, Amedeo, Giuseppe di Toro, Chiara, Carmine, Giuseppe Antonello... deseándoles lo mejor en sus vidas.
A petición de Francesco se narrarán las últimas acciones de Marckopole en las inhóspitas tierras de Malavilla.
Llegado el mes de septiembre, nuestro profesor acudiría para poner exámenes y notas. Dos mañanas a lo sumo y Marckopole pondría rumbo a Venezia.
La primera mañana transcurrió con normalidad: saludos a algunos compañeros que preguntaban por nuestra continuidad allí. ¡Ni por todo el oro del mundo! Fue el primer pensamiento. La respuesta fue más razonable: “No. Me han destinado a Trieste, cerca de casa”. “¡Qué pena. Con la autopista que nos han hecho, ahora vendríais mejor! – expuso Renata, una orientadora. Sí. Ahora sí que va a estar solicitado este centro - pensó nuestro profesor.
Marckopole estuvo presente en el examen de 1º de Bachillerato, después recogió los exámenes de 3º que le correspondían corregir y volvió a casa, pues al día siguiente las notas debían estar puestas. La verdad es que de 3º se habían presentado pocos ( 3 de 15 alumnos suspensos). Septiembre es una buena oportunidad para intentar aprobar el curso, pero... ¿Cómo va a haber alumnos estudiando un poco en verano mientras otros se lo pasan bien todo el día? ¡Es una injusticia! “Nada, nada profe. Yo ya se lo he dicho a mi madre” – decía Peroto de 15 años y 9 meses en junio – “ yo voy a repetir 3º”. Evidentemente Peroto debía seguir descansando. ¿Para qué esforzarse? Llegar a 4º es una cuestión de tiempo.
El jueves eran las sesiones de evaluación. Marcko tuvo suerte ya que las cuatro las tenía por la mañana. En una de ellas, de 3º, a la alumna Coloma Algerina le habían quedado 3 suspensas para septiembre, tras habérsele aprobado, por lo menos, dos en junio. Aunque el profesor de Educación Física adujo que “le había aprobado sin presentarle el cuaderno de ejercicios, debiéndole un jamón por el favor”. En septiembre las notas las tiene que decir cada profesor en voz alta según el orden en el que las materias aparecen en un cuadrante. Marcko era el primero: “Geografía un 2”. Siguiente, Matemáticas. El profesor dudaba: “Pueees... ehm... un 5”. Siguiente, Física y Química: “Pues... otro 5. Vaya con el de Sociales”. La alumna pasa a 4º con una única materia suspensa.
Tras estas evaluaciones apareció el jefe del departamento de Geografía, Jacobo Balicón quien le informó de una reunión al día siguiente para tratar una reclamación. En fin, un último día más allí. Marckopole, a pesar de que tenía un destino nuevo, no veía el momento de desaparecer del Maestro Picio.
Viernes por la mañana en el autobús. Nuestro profesor se va encontrando con sus colegas que van a la reunión. Hay pueblos con calles cortadas pues son las fiestas y el autobús para en las afueras y sigue su ruta.
Llegada a Malavilla. En el instituto no se ve a nadie, salvo a conserjes. Alguna de las colegas sugiere ir a secretaría a firmar las actas de junio. Subida a la 2ª planta y petición de las actas. Al ser cuatro y tener cursos distintos debían sacar varias hojas, pero al secretario-cacique de aquel chiringuito le molesta que estuvieran sacando las actas de un cutre archivador(advertía que le habían perdido dos en junio) y que las firmaran allí mismo (de pie) , porque no le dejaban atender al público (sólo había dos personas) y quedaba la mitad del mostrador libre. Marcko le dijo que tenía espacio suficiente y el individuo decía que “él era el encargado de gestionar aquel espacio” mientras seguía encima, mirando como firmaban e intentaban meter las actas en el cutre archivador, hecho que le ponía de los nervios. Marcko le advirtió que les dejara en paz porque sólo quería poner cuatro firmas y marcharse. Finalmente, las colegas consiguieron apaciguar a Marcko y éste no cometió un tonticidio. Realmente aquel Australopithecus necesitaba que le dieran varias manos de pintura civilizadora. ¡Qué pena de ser!
A continuación paso al edificio de enfrente y subida al departamento. Allí, Marcko y Venancia llegan antes y miran los estantes. De repente, apareció Jacobo Balicón quien berreó: “¡A quién se lleve un libro, me lo como!” Menuda declaración paleta y miserable. Marcko se giró y le respondió: “Pues conmigo lo vas a tener difícil”. “¿Por qué?”- preguntó el cretino jefe. “Porque yo estoy muy duro”- respondió nuestro profesor. Al jefe se le iban bajando los humos y concedía: “Bueno, no me importa que os llevéis revistas y bla, bla, bla...” Otro dueño de chiringuito que se cree Napoleón.
Sentados en torno a la escasa mesa, Jacobo sacó una sola reclamación y empezó la indignación. Teresa preguntó “¿cómo es que nos reuníamos hoy para ver una reclamación que ayer en 10 minutos la podíamos haber resuelto?”
Verónica preguntaba por la ausencia del director. Jacobo argumentó que no era imprescindible su presencia. Verónica replicó: “Vamos a ver. Me he levantado a las 7 de la mañana para llegar aquí a las 10 y que este individuo, miembro del departamento, que vive aquí, no esté presente. ¡Vamos, me parece injusto! Haz el favor de bajar y decirle que venga” – reclamó Vero. Dicho y hecho.
Al cabo de unos minutos, Esteve Doble entró sin saludar, se sentó, miró el examen calificado con un 0 (nota ratificada), preguntó la decisión tomada y se marchó sin despedirse. El director estaba trastornado y acabaría hablando con las paredes.
La sensación de pérdida de tiempo aumentaba. Además, si no había que firmar ningún documento, la respuesta a la reclamación podía ser cualquiera, pues el jefe la estaba redactando en un portátil. Aquello se podía haber hecho el día anterior. Apenas había cuatro profesores en el centro. ¡Qué pena! Otra muestra de surrealismo la daba el bobo de Jacobo. Pasa lista de los miembros del departamento y le pone falta a Gertrudis Tinta, ¡profesora ya jubilada!
Marcko y sus compañeras salieron del departamento, mientras Jacobo desde dentro decía. “¡Oye, que dejéis los libros por ahí!” (libros de texto) . Teresa le comentaba a Marcko: “Sí, sí. Yo ya los he dejado en mi casa”. Ja, ja
Si el jefe hubiera tenido sentido común se habría despedido con un :” Adiós-hasta luego-que os vaya bien”, sin embargo, la imbecilidad le cegaba.
Fuera del recinto la sensación era de liberación al haber terminado con aquel antro de tarados, aquella ruina física y moral.
Subidos en el autobús dieron un colectivo corte de mangas dirigido al centro y salieron de ese villorrio con la esperanza de destinos mejores.
Marckopole iniciará otras aventuras y aquí cierra este periodo en el infausto Maestro Picio, agradeciendo a las buenas personas que conoció como: Teresa, Verónica, Eliza, Marcello, Luigi, Francesco, Amedeo, Giuseppe di Toro, Chiara, Carmine, Giuseppe Antonello... deseándoles lo mejor en sus vidas.
lunes, 22 de septiembre de 2008
Fuera de servicio
Afortunadamente, el mes de junio había llegado a Malavilla y Marckopole veía la luz al final del túnel. Por fin acabarían las expediciones al lejano y salvaje oeste y terminarían sus tratos con los aborígenes. Lo importante era salir indemne de aquel centro, dirigido por un trastornado y amparado por una secta paleta, escasa de empatía y de sentido común.
Los últimos días del curso no fueron especialmente conflictivos, pues la mayoría de los abonados a la expulsión, hacía tiempo que no aparecían por clase. Aquello fue un paulatino despoblamiento de las aulas, sobre todo, por parte de los alumnos de 1º de bachillerato y del 2º ciclo. Sin embargo, tres días antes de terminar las clases se daba el caso de que algunos venían sin ningún material escolar, “porque ya no se da clase”. Entonces ¿para qué venían? Esa actitud estimulaba a Marckopole a dar su clase y a requerir la atención de los demás a sus explicaciones.
A pesar del descenso de conflictos, sí hubo algunos casos: La pelea entre dos alumnos de 1º de eso: Metela Gamba, una negrita corpulenta, y Guifré Ido, un aborigen del valle. El resultado fue que en el fragor de la lucha, Guifré le arrancó una de sus trenzas a Metela, que quedó sobre el suelo como prueba de la brutalidad del muchacho. Finalmente, ambos fueron expulsados unos días. Antes, se quedaron en la llamada “aula de convivencia”, que dicho en veneciano era “aula para castigados”. Marckopole, como profe de guardia de recreo, tuvo el honor de ser asignado a dicho aula durante un recreo. Allí, Guifré Ido se dedicaba a hacer dibujos y pelotas de papel con ellos, mientras Metela Gamba no decía ni pío, ni se movía, con la mirada perdida.
El último día de clases había pocos alumnos en el centro, pero la mayoría era del primer ciclo (13-15 años). Marckopole recuerda a una de las conserjes entrando y saliendo con frecuencia de la sala de profesores advirtiendo que “abajo la estaban liando Artur Ulato y Feli Penjat”. ¡Qué encanto de criaturas! La conserje buscaba a un profesor de guardia, pero allí no parecía haber ninguno con esa función, aunque había que preguntarse: ¿Dónde estaba el profesor que debía darles clase? Ausente. ¿Dónde estaban los cuatro jefes de estudios? De compras por Malavilla. ¿Y los profes de guardia? Para Marcko, estaban en la sala, callados, haciéndose los tontos ( no les costaba mucho trabajo). ¡Cuánta desidia!
Por la tarde, antes de empezar las sesiones de evaluación, Verónica y Eliza entraron en la sala de profes y se dirigieron a Marcko: “- ¡Oye! ¡Tenías que haber visto cómo está el servicio de los de 3º!”
- “¡Sí! – exclamó Marcko- “¿Cómo está?”
- “Ven, vamos” – dijo Eliza
Ambos se encaminaron por los angostos pasillos del insti hacia la zona de 3º. Torcieron hacia la derecha y otra vez hacia la derecha.. Allí el panorama era palmario

Marckopole se interrogaba sobre lo que había ocurrido en ese espacio:
¿Habría entrado un orangután y se había colgado del falso techo? ¿Los retorcidos alumnos metieron un burro en el servicio y éste, animalito, intentó buscar la salida a su manera? ¿Algún alumno suspendido por un malévolo profesor se suspendió del techo y provocó ese estropicio?

Los destrozos eran evidentes, pero nuestro profesor se preguntaba si nadie vio ni oyó nada.
Eliza y Marcko decidieron que aquella muestra de irracionalidad debía ser plasmada gráficamente, para alumbrar a las autoridades educativas sobre los desviados modales de ciertos educandos.¿Enseñaría modales la pretendida “Educación para la ciudadanía”? No estaría mal.
Así pues, Eliza, arriesgando su físico, (había plafones colgando del falso techo) retrató con detalle los efectos del atentado.

Asimismo, con toda lógica, alguien puso un cartel en la puerta avisando de que el servicio estaba fuera de servicio (valga la redundancia). Con razón, el director sonado había afirmado que no valía la pena hacer reformas en el edificio. Los técnicos le aseguraron que era preferible hundirlo y construir uno nuevo. El centro era como un barco con innumerables vías de agua y un capitán que lo estrellaba continuamente contra las rocas. El buque se hundía sin remedio y Marckopole saltaría antes de ser engullido por las oscuras aguas de Malavilla.
Los últimos días del curso no fueron especialmente conflictivos, pues la mayoría de los abonados a la expulsión, hacía tiempo que no aparecían por clase. Aquello fue un paulatino despoblamiento de las aulas, sobre todo, por parte de los alumnos de 1º de bachillerato y del 2º ciclo. Sin embargo, tres días antes de terminar las clases se daba el caso de que algunos venían sin ningún material escolar, “porque ya no se da clase”. Entonces ¿para qué venían? Esa actitud estimulaba a Marckopole a dar su clase y a requerir la atención de los demás a sus explicaciones.
A pesar del descenso de conflictos, sí hubo algunos casos: La pelea entre dos alumnos de 1º de eso: Metela Gamba, una negrita corpulenta, y Guifré Ido, un aborigen del valle. El resultado fue que en el fragor de la lucha, Guifré le arrancó una de sus trenzas a Metela, que quedó sobre el suelo como prueba de la brutalidad del muchacho. Finalmente, ambos fueron expulsados unos días. Antes, se quedaron en la llamada “aula de convivencia”, que dicho en veneciano era “aula para castigados”. Marckopole, como profe de guardia de recreo, tuvo el honor de ser asignado a dicho aula durante un recreo. Allí, Guifré Ido se dedicaba a hacer dibujos y pelotas de papel con ellos, mientras Metela Gamba no decía ni pío, ni se movía, con la mirada perdida.
El último día de clases había pocos alumnos en el centro, pero la mayoría era del primer ciclo (13-15 años). Marckopole recuerda a una de las conserjes entrando y saliendo con frecuencia de la sala de profesores advirtiendo que “abajo la estaban liando Artur Ulato y Feli Penjat”. ¡Qué encanto de criaturas! La conserje buscaba a un profesor de guardia, pero allí no parecía haber ninguno con esa función, aunque había que preguntarse: ¿Dónde estaba el profesor que debía darles clase? Ausente. ¿Dónde estaban los cuatro jefes de estudios? De compras por Malavilla. ¿Y los profes de guardia? Para Marcko, estaban en la sala, callados, haciéndose los tontos ( no les costaba mucho trabajo). ¡Cuánta desidia!
Por la tarde, antes de empezar las sesiones de evaluación, Verónica y Eliza entraron en la sala de profes y se dirigieron a Marcko: “- ¡Oye! ¡Tenías que haber visto cómo está el servicio de los de 3º!”
- “¡Sí! – exclamó Marcko- “¿Cómo está?”
- “Ven, vamos” – dijo Eliza
Ambos se encaminaron por los angostos pasillos del insti hacia la zona de 3º. Torcieron hacia la derecha y otra vez hacia la derecha.. Allí el panorama era palmario

Marckopole se interrogaba sobre lo que había ocurrido en ese espacio:
¿Habría entrado un orangután y se había colgado del falso techo? ¿Los retorcidos alumnos metieron un burro en el servicio y éste, animalito, intentó buscar la salida a su manera? ¿Algún alumno suspendido por un malévolo profesor se suspendió del techo y provocó ese estropicio?

Los destrozos eran evidentes, pero nuestro profesor se preguntaba si nadie vio ni oyó nada.
Eliza y Marcko decidieron que aquella muestra de irracionalidad debía ser plasmada gráficamente, para alumbrar a las autoridades educativas sobre los desviados modales de ciertos educandos.¿Enseñaría modales la pretendida “Educación para la ciudadanía”? No estaría mal.
Así pues, Eliza, arriesgando su físico, (había plafones colgando del falso techo) retrató con detalle los efectos del atentado.

Asimismo, con toda lógica, alguien puso un cartel en la puerta avisando de que el servicio estaba fuera de servicio (valga la redundancia). Con razón, el director sonado había afirmado que no valía la pena hacer reformas en el edificio. Los técnicos le aseguraron que era preferible hundirlo y construir uno nuevo. El centro era como un barco con innumerables vías de agua y un capitán que lo estrellaba continuamente contra las rocas. El buque se hundía sin remedio y Marckopole saltaría antes de ser engullido por las oscuras aguas de Malavilla.
sábado, 13 de septiembre de 2008
El disputado aprobado
Dedicado a María de Móstoles
A partir del mes de mayo, el curso se acaba para algunos. Por ejemplo, a mediados de mes, 2º de Bachillerato termina, pues hay que matricularse para la selectividad.
Aprobar todo en mayo supone poder optar a los estudios universitarios o profesionales deseados. No obstante, había alumnos con materias suspensas que presionaban a los profesores para que les aprobasen por su cara bonita.
El nivel de cinismo era elevado cuando los alumnos afirmaban que habían asistido a clase, hecho los ejercicios, mostrado interés y demostrado buen comportamiento. Evidentemente, o tenían poca memoria o habían estado en otra clase.
El papel de algunos padres era infame cuando trataban desconsideradamente a los profesores y les decían que “habían venido por las buenas para que aprobasen a sus hijos porque sólo les quedaba una”. La pregunta es: ¿Cómo (les) aprobaron las demás? Esto ¿qué es? ¿Un despacho de notas a gusto del consumidor?
Si el profesor es digno no se rebajará a rendir un aprobado inmerecido, que sería como pagarle a uno por el trabajo que no ha hecho. Entonces, el padre o la madre amenazaba con poner una reclamación. Este trámite sólo era válido para solicitar la revisión del examen y la amenaza no era necesaria. El departamento en cuestión se reunía, revisaba el examen y decidía. Marckopole sospecha que muchas reclamaciones eran estimuladas por el equipo directivo y los profes-colegas-de-alumnos. En un pueblo como aquel, el caciquismo seguía presente y se pedían y daban favores.¡Qué peeena!
A Teresa, profe de un grupo de 2º de Historia de España le habían presentado 11 reclamaciones. De ellas, 5 se desestimaron al instante en el departamento, porque eran alumnos aprobados que pedían que se aprobase a un compañero.¡Cuánta solidaridad!
El resto solicitaba que les aprobasen, cuando sus exámenes no llegaban ni al 4.
En fin, hora y media en el departamento para responder a cada una de las absurdas peticiones. También el cretino del jefe de departamento, Jacobo Balicón aportaba su “ pizca de sentido común”. “Es que en 2º de Bachillerato como ya se obtiene un título, los padres se pueden presentar con un abogado para ver exámenes, ejercicios, etc. y pueden llegar a la inspección para que les aprueben”.
“¿Y qué?” respondió Teresa – “Yo le presento a mi abogado. ¡ A ver si se creen que aquí nos van a mangonear!”
Dicha profesora sufrió el acoso de otros profesores cuando en la sesión de evaluación extraordinaria de 2º de Bachillerato, resultó que al alumno de 20 años, Enric Arota, sólo suspendía Historia de España con un 0 en el examen. Los profesores que hablaron en la sesión le pedían a Teresa que le aprobase ¡Vaya manera de devaluar la enseñanza! El nivel de ruindad aumentó con el tutor del grupo Fermí Serable, quien le soltaba lindezas como: “¿Vas a poder dormir bien esta noche? Lo que has hecho va a caer sobre tu conciencia”. Además, Teresa, desconcertada, argumentaba que: “Por esa regla de tres,¡ deberíamos aprobar a los que no se han presentado al examen!” A lo que el trastornado tutor respondió: “Pues es otra posibilidad que se podría considerar”.
Posteriormente, Marckopole tuvo unas palabras con el rastrero tutor y le reprochó su indigna actuación por coaccionar a la profesora.
Al día siguiente, las notas se publicaron y vino Enric Arota para hablar con Teresa:
-“Yo te pido un favor personal. Es que mi padre me ha apuntado a una escuela de pilotos y ha pagado 6000 euros de matrícula y la edad máxima para inscribirse es 21 y ya tengo 20 y me hace falta el título de Bachillerato”.
-“¿Quieres ver el examen?” apostilló Teresa.
-“No, no lo quiero ver. No estudié mucho, pero... tú ya sabes que he sido un alumno ejemplar: he venido a clase y casi apruebo los exámenes...”
-“Mira – contestó Teresa- no me has entregado ni un resumen de los que te he pedido. Has faltado 20 veces a clase. ¿Dónde está tu ejemplaridad?”
- “Entonces... ¿no me vas a aprobar? Es que es una oportunidad única” – imploró Enric Arota.
- Mira. Yo no tengo la culpa de que tengas 20 años y de que no hayas estudiado. Yo lo siento mucho, pero no puedo. Cuando tengas un trabajo y demuestres responsabilidad comprenderás que debes cumplir con tu obligación para obtener resultados positivos”.
Finalmente, según contó Enric Arota, consiguió que le hicieran una ¿rebaja? por no tener el título y entró en la escuela de pilotos de Louis Gosset Jr. y allí sí que se enteró de lo que costaba ser piloto.
A partir del mes de mayo, el curso se acaba para algunos. Por ejemplo, a mediados de mes, 2º de Bachillerato termina, pues hay que matricularse para la selectividad.
Aprobar todo en mayo supone poder optar a los estudios universitarios o profesionales deseados. No obstante, había alumnos con materias suspensas que presionaban a los profesores para que les aprobasen por su cara bonita.
El nivel de cinismo era elevado cuando los alumnos afirmaban que habían asistido a clase, hecho los ejercicios, mostrado interés y demostrado buen comportamiento. Evidentemente, o tenían poca memoria o habían estado en otra clase.
El papel de algunos padres era infame cuando trataban desconsideradamente a los profesores y les decían que “habían venido por las buenas para que aprobasen a sus hijos porque sólo les quedaba una”. La pregunta es: ¿Cómo (les) aprobaron las demás? Esto ¿qué es? ¿Un despacho de notas a gusto del consumidor?
Si el profesor es digno no se rebajará a rendir un aprobado inmerecido, que sería como pagarle a uno por el trabajo que no ha hecho. Entonces, el padre o la madre amenazaba con poner una reclamación. Este trámite sólo era válido para solicitar la revisión del examen y la amenaza no era necesaria. El departamento en cuestión se reunía, revisaba el examen y decidía. Marckopole sospecha que muchas reclamaciones eran estimuladas por el equipo directivo y los profes-colegas-de-alumnos. En un pueblo como aquel, el caciquismo seguía presente y se pedían y daban favores.¡Qué peeena!
A Teresa, profe de un grupo de 2º de Historia de España le habían presentado 11 reclamaciones. De ellas, 5 se desestimaron al instante en el departamento, porque eran alumnos aprobados que pedían que se aprobase a un compañero.¡Cuánta solidaridad!
El resto solicitaba que les aprobasen, cuando sus exámenes no llegaban ni al 4.
En fin, hora y media en el departamento para responder a cada una de las absurdas peticiones. También el cretino del jefe de departamento, Jacobo Balicón aportaba su “ pizca de sentido común”. “Es que en 2º de Bachillerato como ya se obtiene un título, los padres se pueden presentar con un abogado para ver exámenes, ejercicios, etc. y pueden llegar a la inspección para que les aprueben”.
“¿Y qué?” respondió Teresa – “Yo le presento a mi abogado. ¡ A ver si se creen que aquí nos van a mangonear!”
Dicha profesora sufrió el acoso de otros profesores cuando en la sesión de evaluación extraordinaria de 2º de Bachillerato, resultó que al alumno de 20 años, Enric Arota, sólo suspendía Historia de España con un 0 en el examen. Los profesores que hablaron en la sesión le pedían a Teresa que le aprobase ¡Vaya manera de devaluar la enseñanza! El nivel de ruindad aumentó con el tutor del grupo Fermí Serable, quien le soltaba lindezas como: “¿Vas a poder dormir bien esta noche? Lo que has hecho va a caer sobre tu conciencia”. Además, Teresa, desconcertada, argumentaba que: “Por esa regla de tres,¡ deberíamos aprobar a los que no se han presentado al examen!” A lo que el trastornado tutor respondió: “Pues es otra posibilidad que se podría considerar”.
Posteriormente, Marckopole tuvo unas palabras con el rastrero tutor y le reprochó su indigna actuación por coaccionar a la profesora.
Al día siguiente, las notas se publicaron y vino Enric Arota para hablar con Teresa:
-“Yo te pido un favor personal. Es que mi padre me ha apuntado a una escuela de pilotos y ha pagado 6000 euros de matrícula y la edad máxima para inscribirse es 21 y ya tengo 20 y me hace falta el título de Bachillerato”.
-“¿Quieres ver el examen?” apostilló Teresa.
-“No, no lo quiero ver. No estudié mucho, pero... tú ya sabes que he sido un alumno ejemplar: he venido a clase y casi apruebo los exámenes...”
-“Mira – contestó Teresa- no me has entregado ni un resumen de los que te he pedido. Has faltado 20 veces a clase. ¿Dónde está tu ejemplaridad?”
- “Entonces... ¿no me vas a aprobar? Es que es una oportunidad única” – imploró Enric Arota.
- Mira. Yo no tengo la culpa de que tengas 20 años y de que no hayas estudiado. Yo lo siento mucho, pero no puedo. Cuando tengas un trabajo y demuestres responsabilidad comprenderás que debes cumplir con tu obligación para obtener resultados positivos”.
Finalmente, según contó Enric Arota, consiguió que le hicieran una ¿rebaja? por no tener el título y entró en la escuela de pilotos de Louis Gosset Jr. y allí sí que se enteró de lo que costaba ser piloto.
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